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Escupidera
Andrés
Villarreal
Ajeno al abrigo erótico de sus páginas, su humedal, las
ardientes promesas –lo digo en doble sentido, por
supuesto-. La palabra escrita es chocante al trazo, al
mono, a la caricatura. Sale sobrando un escribidor
frente a los hombres verdes –como los llamaría Abel
Quezada-.
Lo sé, y aunque “Todo lo humano me es ajeno”, diría
Boogie con su eterno cigarrillo pegado a los labios, aún
soy capaz de cumplir una promesa, de aceptar el ridículo
en medio de quienes toman un plumón y recrean la
maravilla con unas cuantas rayas.
Qué lata tener que escribir mil palabras para decir lo
que una sola imagen nos roba. La frustración de estar
impedido a dibujar una nariz, un ojo simétrico a su par.
Pertenecer a ese mundillo de quienes eternamente
reprobamos dibujo en primero de kinder, donde un rostro
no es más que un círculo, dos mas dentro de él, la “u”
aguada debajo como una mueca más que boca, y un punto en
el medio para completar una cara de nadie.
La Locha reúne a partir de hoy en sus ropas interiores
–que no usa, claro- a muchos de esos insolentes,
atrevidos; dragones que escupen fuego, camellos lanzando
la saliva en defensa de no sé quién...aquellos que de
seguro eran reprimidos por sus padres por acabar con las
libretas en una semana, y no en apuntes de clase.
Si lo tomamos como palabra de Dios, Carlos Monsiváis
dice que “el hombre desciende de la caricatura”, y con
La Locha nos regresamos al lugar original: a La Tierra,
nombre en el acta de La Locha. Al nacimiento del
periodismo cuando los menos son los que leen, pero con
intuición interpretan el cartón, la caricatura que
ofende a Juárez, pero se muerde un...(los escribidores
sí nos censuramos); Porfirio Díaz, los reprime, le
ofende la burla, el sarcasmo es peor que decirle en su
cara la verdad. Otros, moneros-mercenarios, reciben la
paga por atacar al Presidente enano-gigante, Madero,
víctima del escarnio, pero no por crítica sino por el
trazo pagado.
En el mundo de los monos, todos tienen su apodo, y aquí
habrá muchos apodos, y hasta algunos que con ese nombre
ni lo necesitan pero lo usan. Y se empieza por el
título: La Locha es nuestra mujer pródiga, a kilómetros
luz de La Diana Cazadora, la esbeltez contra la carne en
abundancia. Playboy versus National Geographic. La diosa
griega enfrentada al rostro indígena. La mano armada y
la tierra que surge del agua.
Muchos, confiesan que primero acuden al cartón que a las
páginas del diario o la revista, con La Locha no será
necesario. Sus páginas serán el cartón. Sabemos, que hay
temas donde el periodista se mordió la lengua, el cartón
lo hace explícito. El Monero es la mano negra que
participa del desquite social. La burla que retorcerá de
coraje al político, que permitirá que el poderoso se vea
en un espejo, se asuste y brame de terror.
¿Será el mundo de la caricatura el único real? Es
posible que sí, y quizás hasta que no. Pero queda claro
que cuando dan ganas de escupir hay que buscar hacerlo
en algún lado, y siempre será mejor escupir al cielo. En
el suelo está prohibido, es de mal gusto. Pienso mejor
en aquellas escupideras en las que de niño jugaba
pensando que eran montoncitos de tierra, areneros para
diversión de niños aburridos en el consultorio, en el
pasillo, en la oficina. Siempre me gané un manazo por
jugar en la escupidera.
Para concluir, carezco de un apodo –que yo sepa-; y sin
quererlo recurro a veces al eufemismo y eso no sirve
para ser un monero: Para quien escribe es flatulencia,
para el caricaturista, pedo; insulto, se dice mentada de
madre; ignorancia del político, es pasarse de pendejo.
Por ahora, reciban este escupitajo de tinta, que les
aproveche. Pueden usarlo para frotarse las manos y tomar
el bate. Para lanzarlo directo al rostro, en agravio; o
porque no, soltarlo por un colmillo, con estilo de dandy.
Y diría de seguro algún monero, como lubricante manual
al ver a La Locha.
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